LVIII Voluntad quebrada

Una hora estuvo Magnus en la ducha, como en los viejos tiempos. Esta vez Bea no derribó la puerta, aunque ganas no le faltaron. Y no precisamente para salvarlo.

—Ya me siento mejor —dijo él cuando salió.

—Pues te va a durar poco. Explícame lo que pasó, Magnus y más te vale que sea una explicación convincente.

—Ya te lo dije, fue para ayudarte. Si mis peores empleados pueden pasear impunemente por Europa en un Ferrari gracias a mi dinero y darse la gran vida, ¿cómo podría permitir que mi esposa
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