Sentados en la parte trasera del auto, Bea y Magnus miraban la casa en lo alto, con sus ventanas oscuras y las flores doradas del aromo formando una alfombra a su alrededor. La antigua y lúgubre estructura guardaba un secreto y ellos serían quienes lo descubrirían.
—¿Entramos? —preguntó Bea.
—Todavía no, sigamos observando.
Llevaban allí estacionados una media hora.
—Tal vez deberíamos llamar a la policía —sugirió ella.
—Ya no vienen cuando yo los llamo.
¿Por qué sería?, se preguntó Bea.
Sigui