Días después del nacimiento de Sebastián, la mansión de los Rivas había cambiado por completo. Ahora, el silencio elegante que solía reinar se había transformado en un murmullo constante de voces bajas, pasos sigilosos y susurros cariñosos.
El pequeño Sebastián dormía plácidamente en su cuna, con las mejillas sonrosadas y una manita cerrada en un diminuto puño. Era el centro absoluto del universo de todos.
La abuela materna, había encontrado excusas para quedarse "solo un día más". Mientras tan