El viernes por la tarde llegó con una tormenta silenciosa flotando sobre nosotros. El trayecto hacia la finca de la familia Smith se rellenó con un silencio denso, interrumpido únicamente por el golpeteo sutil de la lluvia contra el parabrisas del auto. Cristian conducía con la mirada fija en la carretera, las manos firmes sobre el volante y la mandíbula tan apretada que parecía de piedra. La vulnerabilidad que había vislumbrado en él días antes no había desaparecido; solo se había transformado