Retiré mi mano de la de Cristian, me erguí en la silla y miré directamente al patriarca de los Smith. No iba a permitir que siguieran arrinconándolo, ni que usaran esta cena como un tribunal de la Santa Inquisición para desestabilizar el terreno que tanto me había costado pisar con firmeza.
—Señor Smith, entiendo perfectamente que estén preocupados por la manera en que todo sucedió —dije con una elocuencia pausada y firme, adoptando mi impecable tono de negociadora—. Pero seamos honestos y hable