A las siete de la mañana, me obligué a salir de la habitación dispuesta a buscarlo para soltarle algún comentario ácido que disipara la tensión. Caminé directo hacia el ala norte; quería ver si realmente había tenido el valor de pasar la noche trabajando en el despacho de vidrio blanco que tanto odiaba tras nuestro encuentro.
Mientras avanzaba por el pasillo, el eco de mis propios pasos parecía recordarme la humillación de mi propia debilidad. El remordimiento me quemaba el estómago. Me sentía