Si Cristian Smith pensaba que su contraataque de manual de seducción barata iba a hacerme suplicar por el regreso de su horrendo sillón de madera del siglo pasado, estaba muy equivocado. Yo había lidiado con tiburones financieros, con juntas directivas hostiles y con la mismísima élite hipócrita de este país; un torso masculino bien esculpido no iba a derribar mis defensas corporativas.
Aunque, maldita sea, tenía que admitir que el maldito sabía exactamente lo que hacía.
El primer golpe bajo oc