Luego de la reponedora sopa de pollo que Mary le había preparado para la cena y el contundente desayuno, Isabella se sentía nuevamente con fuerzas para seguir adelante.
Esa mujer llorosa de los últimos días, que sólo sabía lamentarse, no había amanecido, se le había desprendido de encima como la piel a una serpiente.
Y no había pensado ninguna vez en Jacob Swizz, a quien ya no sabía cómo catalogar en su vida, salvo como un besador excepcional. Tal vez Oliver besaba muy mal, tal vez en su actual