Capítulo Quince
El gran empresario Mateo Zabet, cuya habilidad para negociar contratos solo era superada por su torpeza en asuntos familiares, acababa de enterarse de que su hijo menor, Ares, ese mismo que era el vivo reflejo de su amor con Elizabeth y motivo de no pocas canas, había regresado a Estados Unidos. El muy desagradecido llevaba una semana de vuelta y ni una triste llamada, ni un simple "hola, sigo vivo" les había realizado, y es que, si ya de por sí a Mateo le hervía la sangre, lo que realmente le sacaba de quicio era ver a Elizabeth, su esposa, con esos ojos color caramelo empañados de tristeza y preocupación, y es que ¿Cómo no iba a estar preocupado, si durante meses había tenido a la pobre mujer con el Jesús en la boca y el móvil pegado a la oreja, esperando una señal de su hijo pródigo? Mateo, que a veces presumía de serenidad digna de Buda, perdió toda compostura y juró que la próxima vez que viera a Ares, le haría una auditoría personal... y le obligaría a llamar a su madre, aunque f