Esa mañana no solo la mansión Villarruel amaneció alterada. En la casa de Ares y Pilar también hubo revuelo, aunque no por un mensaje de Daniel, sino porque Caleb tenía fiebre.
—Tranquila, hija. —dijo Esther con voz serena— Seguro son los dientes, ¿no dijiste el otro día que sientes como un pinchazo cuando se prende al pecho?, solo dale un baño tibio, se relaja y…
—Disculpe, Esther. —la interrumpió Ares, cuidadoso. — Sé que usted es madre y mi mamá dijo lo mismo, y no es por ofender, pero prefi