Estoy en el avión, en el asiento de primera clase, junto a Austin, camino a Toronto, completamente nerviosa.
«¡Ufff!, finalmente ha llegado el día, ¡me voy a casar!»
Muevo la rodilla, desesperada, y empiezo a dar golpecitos involuntarios en la mesa, recordando, por qué estoy haciendo esto.
«¿Y si, alguien se da cuenta de la farsa?, ¡no me puedo casar así como así!. No, no debo pensar en desistir. Firmé un contrato, y mi palabra está en juego. Al final Austin y yo no seremos marido y muj