Entré a la enorme bodega acompañado únicamente por Nero.
Las puertas metálicas se cerraron detrás de mí con un estruendo que resonó por todo el lugar.
El eco pareció quedarse suspendido en el aire.
Había dejado a más de treinta hombres vigilando la mansión.
Nadie entraba.
Nadie salía.
Ni siquiera un repartidor podía acercarse sin que yo lo supiera.
Lucía y mi hijo estaban protegidos.
Y también encerrados.
Tomé mi avión privado apenas terminé de organizar todo.
Ahora estaba sentado en