Nino refunfuñó con desdén y miró con frialdad a Fane, maldiciéndolo en su corazón. Pensaba que él no sabía cuál era su verdadera capacidad y decía cualquier cosa sin pensar.
La expresión de Fane permaneció tranquila, como si lo que decían no fuera más que tonterías, sin afectar en absoluto su estado de ánimo. Él esbozó una leve sonrisa y dijo:
—Sé que no creen en mis palabras, pero no importa, ¡les demostraré quién de nosotros es realmente ridículo!
Después de decir esto, Fane dio otro paso ad