El veneno en las venas
El silencio de la habitación de hospital, que momentos antes parecía un refugio para Elena, se transformó en una atmósfera asfixiante cuando la puerta se abrió. No fue una enfermera, ni fue la mano protectora de Julieta. Fue Flor, quien entró con una sonrisa perfecta y gélida, su perfume caro invadiendo el espacio de asepsia médica.
Elena levantó la vista, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del lugar.
—¿Qué haces aquí? —logró decir Elena,