Sus ojos me observan de la misma manera en la que un depredador miraría a su presa. Su mirada fiera que barre cada centímetro de mi cuerpo me hace estremecer y que un nudo de nerviosismo me atenace el estómago.
En éste momento sólo quiero salir corriendo de ésta habitación, pero no quiero ponerme en evidencia. No quiero que él se dé cuenta de lo mucho que su presencia me afecta.
Y entonces, una punzada de pánico y confusión me invaden de un momento a otro.
Cientos de dudas me inundan la cabeza.