MARISOL
Trabajaban para alguien. Era bastante obvio porque desde el momento en que me trajeron aquí, estaban haciendo llamadas.
Catalina lloró, les suplicó que no me llevaran, se aferró a mi mano, pero estos hombres no me dejaron quedarme, me arrastraron.
Y ahora estaba aquí sola en esta habitación oscura, atada a una silla sin poder moverme.
Había contado las grietas del techo aproximadamente cuarenta y siete veces. Había nueve, y la más grande empezaba cerca de la lámpara y corría hacia la pa