JAVIER
Miguel tenía exactamente el mismo aspecto, al entrar al club.
La misma confianza tranquila, la misma energía despreocupada, como si un año dirigiendo el conglomerado de su padre en Ginebra no hubiera hecho absolutamente nada en él, excepto quizás hacerlo más rico y más atractivo.
―¡Hermano! ―llamó, y al llegar a mí nos abrazamos de manera ruidosa y dramática―. Te he echado de menos.
―Yo también te he echado de menos ―sonreí, y le entregué una copa antes de que se sentara, y la tomó sin m