Alto, con el cabello rubio alborotado y una mirada aguda de un celeste intenso, Tristan Rochette estaba ahí. Sus manos estaban metidas en los bolsillos de sus pantalones beige, y llevaba una camisa blanca arremangada.
Volvió a mirar hacia la entrada y sus ojos se encontraron con los de Margot Delacroix.
—Tris… Tristan… —pronunció ella, su voz temblando. De inmediato, sus ojos comenzaron a recorrer el lugar.
Tristan no estaba solo en el departamento.
Había otros hombres, altos y fuertes, ve