Capítulo 112: La fuga
Liliana estaba atada a una silla de metal en el frío almacén, con las muñecas ardiendo por la áspera cuerda que se le clavaba en la piel con cada pequeño movimiento. El aire estaba húmedo y denso, impregnado del olor a óxido y aceite viejo, un olor que se impregnaba en la ropa y revolvía el estómago. Continuó hablando, con voz firme a pesar del miedo que la oprimía el pecho como una criatura viviente. —No tienen que hacer esto —repitió, mirando a los dos hombres que la cus