Mi rutina se volvió completamente diferente, tanto, que ni siquiera me detuve a extrañar ni a pensar en la que tenía hacía unos meses. Ya no me quedaba encerrada en mi habitación, observando una ventana y preguntándome por qué había vivido tantas desgracias. Ya no lloraba día y noche y no discutía con mi madre. De hecho, ya no renegaba por estar viva y tener que ver un nuevo día llegar. Ya no me maldecía en el espejo ni deseaba estar muerta.
Mis días ahora estaban llenos de diferentes colores,