Había enloquecido, eso era un hecho que nadie podía negar, ni siquiera yo misma.
Quizá sí estaba loca, porque preparar una boda en tan solo tres días, y temiendo que pudiera dar a luz en cualquier momento, era una clara señal de que había perdido toda mi cordura.
Pero no era así, solo eran mis fervientes deseos y anhelos actuando por mí. No se me podía culpar, si solo podía pensar en ser feliz, y casarme —en tres dias—, era mi mayor felicidad, así como una completa locura.
Todo era un caos, des