Jugaron un rato más, y deseando algo más íntimo, la llevó a la alcoba del bacará. Era el juego de James Bond: silencioso, intenso y envuelto en rituales.
«Apuestas al banquero o al jugador», explicó Alexander mientras el crupier, con guantes de seda blanca, repartía las cartas. «Es pura suerte, con un toque de elegancia».
Isabella jugaba con una intensidad concentrada que lo fascinaba. Estaba sentada al borde de su silla de respaldo alto, con las mangas extragrandes de su camisa subidas hasta l