A las diez y cuarto de la mañana del sábado, el avión de Edward sobrevolaba la Europa continental y llevaba ya una hora y cuarto de viaje.
Edward levantó la vista del ordenador portátil y miró a Rossi, que estaba saliendo del dormitorio que había al fondo del aparato.
Iba en calcetines, con un jersey gris claro y unos leggings negros. Era probable que se hubiese vestido así para estar cómoda, más que para estar guapa o sexy, pero a Edward le gustaba igual.
–¿Se ha dormido?
–Sí.
Rossi se dej