La sala de conferencias se sentía demasiado pequeña. El video de la amenaza seguía congelado en la pantalla: Victoria parada en nuestro ático, sosteniendo el unicornio favorito de Mia como si fuera un trofeo. Mi estómago se retorció tan fuerte que pensé que iba a vomitar.
“Llama a Lila”, dije, voz temblorosa. “Ahora mismo.”
Damian ya tenía el teléfono en la mano, marcando antes de que terminara la frase. Sonó una vez. Dos veces. Al tercer timbre Lila contestó, sonando sin aliento.
“Estamos en l