La espalda de Elena golpeó las sábanas de seda con un jadeo que resonó en toda la suite del ático. Las luces de Las Vegas se filtraban en rojo y oro a través de las ventanas de suelo a techo, pintando sus cuerpos desnudos con neón parpadeante.Damian Holt se cernía sobre ella, metro noventa y tres de puro poder y colonia cara. Sus ojos oscuros ardían mientras le sujetaba las muñecas por encima de la cabeza con una sola mano grande.“Hace cinco minutos me decías que nunca haces esto”, gruñó, la voz ronca de deseo. “Y mírate ahora. Abierta y chorreando por un desconocido”.Elena se arqueó, sin vergüenza. “Cállate y fóllame”.Él soltó una risa baja y sucia, luego le abrió más los muslos. Su polla gruesa, larga, venosa, ya brillante en la punta, rozó su entrada empapada. De un empujón brutal se enterró hasta la base.“Joder… sí…”, gritó Elena, clavándole las uñas en la espalda.No entró despacio. Tomó. Duro, profundo, constante. El sonido húmedo de piel contra piel llenó la habitación mie
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