La ciudad se volvía borrosa a nuestro paso en rayas de neón y lluvia. El pie de Damian nunca abandonó el acelerador, el SUV zigzagueando entre el tráfico como una bala. Mis ojos permanecían pegados a la transmisión en vivo en mi teléfono: el técnico con bata blanca de pie frente al tanque criogénico, sosteniendo el pequeño vial etiquetado con el nombre de Damian y la fecha de aquella noche en Las Vegas. Diez minutos. Eso era todo lo que teníamos.
“Más rápido”, susurré, aunque él ya estaba empuj