Diego de repente la agarró y la empujó contra el escritorio.
—¡Irene, no te pases de la raya!
—Eso no es algo que debamos discutir ahora. —dijo Irene, con su rostro de muñeca en tensión—. Pero que el señor Martínez tenga a alguien en su corazón y aún así esté conmigo en la cama, eso es...
—¡Cállate! —Diego pareció herido en su orgullo, su frialdad se volvió casi palpable—. ¡Di una palabra más!
—¿He dicho algo incorrecto?
Irene se encontró con sus ojos, y sintió la ira que ardía en su mirada. Sol