Diego le agarró la muñeca a Lola, deteniendo su movimiento, y dijo:
—No hace falta, descansa un poco.
—No estoy cansada.
—Siéntate.
Lola conocía su carácter y, resignada, se sentó. Pablo, aprovechando la ocasión, intervino:
—Lola es muy buena contigo, ¿no podrías ser un poco más amable?
—Diego solo está cansado. Escuché que anoche trabajó toda la noche, ha sido un gran esfuerzo. —Lola se apresuró a defenderlo
—Lola es demasiado atenta, dulce y minuciosa, una verdadera joya en casa. —Pablo exclam