Los dos llegaron a la casa antigua sin intercambiar una sola palabra. Al bajarse del coche, Diego, con una expresión impasible, se acercó a ella. Irene, como una marioneta sin emociones, se aferró a él. Entraron juntos a la casa y, al ver a Santiago, Irene sonrió de inmediato.
—¡Abuelo! —dijo, soltando a Diego y extendiendo la caja de dulces que llevaba en la mano—. ¡Te la compré!
—Bien, bien. —Santiago sonrió de oreja a oreja—. Ustedes regresan y yo, viejo, me alegro. No tienes por qué.
Después