Justino se lavó las manos, se cambió de ropa y subió para tocar la puerta del cuarto de su madre.
—Pasa, —respondió la débil voz de Amalia.
Justino abrió la puerta y vio a Amalia sentada en una silla de mimbre junto a la ventana, mirando hacia afuera. En sus manos sostenía un marco de fotos con una imagen de toda la familia, tomada cuando su hermana pequeña había desaparecido.
Justino tomó una manta delgada y se acercó a cubrirle las piernas.
—¿Qué piensas, mamá? —preguntó.
Amalia sonrió levemen