Diego era como una máquina de trabajo, repitiendo una y otra vez las mismas tareas. La carga laboral le dejaba poco tiempo para distraerse con otros pensamientos. Porque tan pronto como se quedaba solo, su mente inevitablemente se dirigía hacia Irene. Y con ese anhelo venía el dolor.
Había escuchado que el tiempo es el mejor remedio para las heridas del corazón. Con el paso del tiempo, incluso las mejores relaciones se olvidan. No sabía cómo lo hacían los demás, pero Diego sabía que Irene había