La persona que Diego no podía sacar de su mente, Irene, en ese momento estaba sentada junto a un arroyo. El agua era tan clara que podía verse el fondo, donde las algas se movían suavemente con la corriente. Irene sostenía una ramita, jugando con el agua.
Con la otra mano tenía un teléfono móvil pegado a su oído. Una leve sonrisa se dibujaba en sus labios mientras hablaba en voz baja.
—Julio, de verdad estoy bien, no te preocupes por mí.
Al otro lado de la línea estaba Julio. Utilizando las iden