Diego la miró, su mirada aún fría.
—¿Qué crees? —dijo él.
¿Acaso necesitaba preguntar? Con lo que Diego acababa de decir, ¿qué más había que entender?
Irene sintió como si un gran peso la oprimiera el corazón. Se sentía desnuda, sin privacidad, expuesta en público. Ese sentimiento de humillación era más contundente que cualquier golpe.
—¿Me gustas? —Diego se acercó a ella, extendió su mano y la yema de su dedo deslizó por su mejilla—. ¿Lo has escondido tan profundo? Si no hubiera leído el diario