—¿Qué haces? —Irene se resistió.
—Eres mi esposa —dijo Diego—. Es mi cumpleaños, ¿no debería estar contigo?
—¡Antes tampoco me dejabas acompañarte!
—¡Y este año aún no me has preparado un regalo!
Irene quería responder, pero Diego continuó.
—Cámbiate de ropa y ven conmigo, o ¿quieres que el abuelo nos escuche pelear?
Diez minutos después, ambos estaban listos y subieron al coche. Durante el trayecto, Irene lo ignoró por completo, sin mirarlo ni una vez. Diego, por su parte, mantenía una expresió