El tono con el que la estaba consoliando no era dulce. Irene, entre sollozos, dio un pequeño hipo, lo que hizo que Diego se riera de ella.
Cansada de llorar y con la pierna adolorida por la caída, Irene sollozó pidiendo que él la cargara. Diego frunció el ceño de inmediato.
—¿Quién quiere cargar contigo?
Irene, de pequeña, era un poco regordeta; aunque no era alta, era pesada para cargar.
—¿Julio te ha cargado alguna vez? —preguntó Diego.
—¿Julio? Sí, cuando estoy cansada, él me carga. ¿Tú no qu