Mundo de ficçãoIniciar sessãoPOV Damiano
Volví al hospital, pasó una hora, y Lanya no venía y pensé lo peor, pensé que no vendría, que era culpable, por eso no vendría a dar la cara, y maldije en silencio por no traerla conmigo.
Entonces, la vi llegar, estaba seria, y su mirada tan gélida que me hizo sentir escalofríos, no parecía la esposa dulce que siempre me recibía para atenderme en todo momento.
—Lanya, vas a pedir perdón por el daño que le hiciste a Atalya —le dije con voz controlada, aunque por dentro la rabia me quemaba el pecho.
Ella soltó una risa baja, incrédula, casi burlona, y ladeó ligeramente la cabeza como si estuviera escuchando una broma de mal gusto.
—¿Perdón? —repitió con desprecio—. ¿Y qué pruebas tienes?
Apreté los dientes, tratando de no perder la calma.
—Tengo al hombre al que le pagaste para intentar matarla —respondí—. ¿De verdad eres capaz de algo tan cruel?
Por un instante pensé que reaccionaría, que mostraría al menos una grieta en su expresión, pero en lugar de eso comenzó a reír con más fuerza, una risa que no tenía nada de cálido, nada de humano, una risa que me recorrió la espalda como un escalofrío.
—¿Quién crees que soy? ¿Una asesina? —dijo entre risas—. Dios, eres demasiado patético.
Sus palabras me golpearon, pero no retrocedí.
—Hagamos esto —continuó, inclinándose ligeramente hacia mí, con los ojos brillando de una forma peligrosa—. Trae a ese hombre frente a mí. Si logras probar que soy culpable, puedes llamar a la policía. Pero si demuestro que soy inocente, ¿Qué harás?
Guardó silencio un segundo, mirándome fijamente.
La miré sorprendido. Su seguridad no encajaba con la de alguien acorralado.
Caminamos juntos hacia la habitación VIP donde se encontraba Atalya.
No iba a permitir que esto se resolviera a medias.
Abrí la puerta. Atalya estaba ahí.
Al vernos, sus ojos se llenaron de lágrimas de inmediato, y su cuerpo tembló ligeramente, como si la sola presencia de su hermana fuera suficiente para desestabilizarla.
Lanya, en cambio, sonrió.
Pero no era una sonrisa cualquiera. Era severa.
—Entonces… —dijo, avanzando un paso—. ¿Según tú, intenté matarte, Atalya?
Nunca la había visto así.
Atalya bajó la mirada, llorando, y su voz salió débil, quebrada.
—Hermana… perdóname por volver… yo… sabes que siempre he amado a Damiano, solo quería estar cerca de él, no quiero robártelo…
Sentí un nudo en el estómago.
Pero antes de poder reaccionar, Lanya soltó otra risa, aún más fría que antes, una risa que me hizo dudar por un segundo de todo lo que creía saber.
—¿Sabes algo? —dijo con tono venenoso—. Si no hubieras armado este drama, ahora sería un hombre divorciado.
Atalya levantó la mirada, sorprendida.
—Pero como decidiste hacer este escándalo… retrasaste la libertad de tu amado —añadió con una sonrisa cruel—. Qué lástima.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
Era el momento.
Mis hombres entraron arrastrando al sujeto, lanzándolo al suelo sin cuidado, obligándolo a ponerse de rodillas frente a nosotros.
—Habla —ordené con voz firme—. Di quién te pagó para lastimar a Atalya.
El hombre temblaba, sudoroso, visiblemente asustado.
—¡Fue Lanya Bennister! —gritó—. ¡Ella misma me dio el dinero en las manos! ¡La vi!
—¿Puedes reconocerla si vuelves a verla? —exclamó Lanya.
El hombre asintió.
—¡Claro que sí, puedo reconocerla! —el hombre alzò la mirada y la vio fijamente—. Yo sé quién es Lanya Bennister.
Mi mirada se clavó en ella. Pero Lanya… sonrió.
Y en ese instante… entendí que ni siquiera la reconocía, si ella le dio el dinero en la mano, ¿Por qué no la reconocía? Porque era una mentira, una trampa, pero ¿Quién fue? ¿Quién acusó a Lanya?
—Miente —dije con frialdad—. Tortúrenlo hasta que diga la verdad.
Se llevaron al hombre y yo vi a Lanya.
—¿Cómo me compensarán por sus sucias acusaciones? —dijo mirándonos, luego negó moviendo su cabeza—. No se preocupen de ustedes, no espero ni una disculpa.
Lanya dio la vuelta, se fue, quise detenerla, y sali tras ella.
Y fue en ese preciso instante cuando un mensajero tocó la puerta y entró con un sobre en la mano.
—Señor Damiano Elizalde —dijo—. Ha sido notificado.
Fruncí el ceño.
—¿Qué es esto?
Tomé el sobre y lo abrí con rapidez.
Leí.
“Demanda de divorcio. Causa: infidelidad”.
—¿Infidelidad? —murmuré furioso







