Amelia despertó lentamente, sintiendo un poco de confusión y anhelo. La habitación del hospital seguía siendo fría y blanca, pero algo diferente llenaba el aire; había un nuevo aroma, un aroma a vida. De repente, la puerta se abrió y una enfermera entró con una sonrisa iluminadora.
—¡Felicidades, Amelia! —dijo mientras empujaba un carrito que contenía a sus bebés—. Aquí están tus trillizos.
Ella contuvo el aliento al ver a la enfermera acercarse. En la cuna de cristal, descansaban tres pequeños