Leonard se revolvió en la cama, el sueño eludiéndolo como un fantasma. La preocupación por Camila se había anidado en su pecho, impidiéndole conciliar el sueño. Levantó el teléfono, marcando el número de Camila esperanzado. La llamada sonó una y otra vez, hasta que la operadora anunció que no había respuesta.
—¿Dónde demonios estás, Camila?— murmuró, la voz ronca por la ansiedad. Se sentó en la cama, la oscuridad de la habitación envolviéndolo.
—No me digas que se trata de Marcus—. Suspiró, la