Sentado en la banqueta de cuero gastado, con la corbata aflojada y las mangas de la camisa arremangadas, contemplaba la bebida. El hielo chocaba suavemente contra el cristal, un sonido rítmico y solitario que hacía eco en el vacío de su pecho. Era su tercer trago.
Su amigo lo miró, pero Maximilian tenía la mirada perdida en el barman que secaba minuciosamente una de las copas, sus movimientos lentos y deliberados. Sus ojos, agudos y sin juzgar, no se habían apartado de Maximilian por mucho tiem