Keiden despertó con un leve dolor en el cuello, evidencia de la posición incómoda en la que había caído dormido la noche anterior.
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas, pero algo no encajaba. Al revisar su celular, lo que vio lo dejó helado: incontables llamadas perdidas de Natalia.
—¿Qué demonios…? —murmuró con el ceño profundamente fruncido, deslizándose rápidamente por la lista de notificaciones.
Había mensajes y llamadas que se habían acumulado mientras él estaba encerrado