La imagen de la mancha roja en su vestido seguía persiguiendo a Natalia, como una sombra que no podía sacudirse. Recordaba claramente cómo uno de los paramédicos le había preguntado, con evidente preocupación:
—¿Está herida, señorita? Hay sangre en su vestido.
Ella había mirado hacia abajo, viendo el espantoso rastro carmesí extendiéndose sobre la tela clara. Por un instante, no pudo hablar, hasta que logró murmurar con la voz quebrada:
—No… no es mi sangre.
El recuerdo la estremeció de