El aire en el pasillo era denso, casi irrespirable. Natalia y Keiden se detuvieron frente a una de las amplias ventanas del juzgado, donde la luz del día apenas lograba atravesar las gruesas cortinas beige.
Los murmullos de abogados y empleados se perdían entre el murmullo distante de la gente y el tic-tac de un reloj antiguo en la pared. Keiden, con su postura firme y sus ojos clavados en Natalia, la examinaba con una mezcla de preocupación y paciencia.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente, inc