El desconocido frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, un grito femenino rompió el silencio de la noche. Simón no lo pensó dos veces y corrió hacia el lugar donde estaban Carmona y Cortés.
Al llegar, vio cómo intentaban arrastrar a la joven, que ahora parecía completamente inconsciente.
—¡Déjenla en paz! —gritó, avanzando hacia ellos con determinación.
Carmona y Cortés se detuvieron, sorprendidos por la interrupción, pero rápidamente recuperaron la compostura.
—¿Qué tenemos aquí