En la primera visita de Ismael a su hijo, William fue quien abrió la puerta. No dijo mucho. Solo hizo un gesto serio con la cabeza en forma de saludo.
Sofía lo esperaba en la sala, sentada en el suelo, con el niño sobre la alfombra. Liam tenía un tren de madera entre las manos. Su cabello oscuro, ligeramente ondulado, le caía sobre la frente.
Ismael se detuvo en seco.
Era como verse en una versión diminuta.
—¿Liam? —dijo Sofía con voz dulce, llamando la atención del pequeño—. Mira, corazón.