Mundo de ficçãoIniciar sessãoAl ver a Damian todavía sentado sobre el asfalto con la sien empapada en sangre, Evelyn se cruzó de brazos. Sus ojos redondos lo observaron con fijeza.
—¿Eres tan débil? Y... ¿te vas a desmayar ahora mismo? —preguntó Evelyn con total frialdad, sin una pizca de burla. Damian, que se sujetaba la cabeza, levantó la mirada de inmediato. Resopló con fuerza y luego soltó una risa corta, como si su orgullo acabara de ser pisoteado. —¿Acaso crees que mi cuerpo es de cristal? ¿Físico débil? ¿Un pequeño golpe y ya me voy a desmayar? ¡No me jodas! —replicó con brusquedad. Como heredero único de la familia Sterling y un piloto acostumbrado a circuitos extremos, el orgullo de Damian tocaba el cielo. Jamás permitiría que alguien como Damian Sterling se viera débil o desmayado ante una mujer; mucho menos ante la chica robusta que durante todo el semestre había sido el hazmerreír de la universidad. Evelyn se encogió de hombros con indiferencia. —Está bien. Si te encuentras bien, es mejor así. No tendré que tomarme la molestia de llevarte a un hospital. Evelyn se puso de pie firmemente. Sin previo aviso, se inclinó y levantó un poco el dobladillo de su largo y holgado vestido rojo. Los ojos de halcón de Damian se abrieron de par en par. Por puro instinto, el joven empujó su cuerpo hacia atrás contra la pared del callejón, mirándola con horror, como si fuera un virgen inocente en una situación vulnerable a punto de ser ultrajado en un lugar desierto. —¡¿Q-Qué demonios vas a hacer?! —exclamó con un tono de voz elevado por el pánico. Evelyn lo miró con desconcierto, extrañada por su exagerada reacción. Sin prestarle atención al pánico de Damian, se llevó el borde de la tela del vestido a la boca, mordió ligeramente la gruesa seda hasta rasgarla y luego, con un fuerte tirón de su gran fuerza física, la rompió. ¡Sreeet! Una larga tira de tela roja quedó en manos de Evelyn. La joven volvió a arrodillarse frente a Damian y, con movimientos ágiles y delicados, comenzó a vendar la cabeza del heredero Sterling. Damian se quedó mudo de repente. Permaneció completamente rígido, contemplando cada movimiento de Evelyn a una distancia extremadamente corta. Cuando Evelyn se inclinó hacia el frente para atar el nudo en la parte posterior de su cabeza, su pecho lleno y firme quedó justo frente al rostro del joven. El dulce aroma a rosas y el calor que emanaba del cuerpo curvy de Evelyn invadieron de inmediato los sentidos de Damian, haciéndole olvidar por un instante cómo respirar adecuadamente. Su corazón comenzó a latir a toda velocidad, y esta vez no era por la adrenalina de la pelea, sino por aquella íntima cercanía. —Ya está —dijo Evelyn, retrocediendo un paso mientras sonreía con orgullo al ver el resultado de su trabajo. Al menos, con esa medida de emergencia, la sangre fresca dejaría de manchar la costosa camisa blanca de Damian, que ya estaba bastante estropeada. Damian aclaró su garganta con incomodidad, asintió lentamente y luego se puso de pie apoyándose contra la pared. Su estatura alta y atlética obligó a Evelyn a levantar un poco la mirada. Damian miró de reojo hacia su gran motocicleta, una superbike Ducati de color rojo maroon que estaba estacionada a poca distancia. —¿Sabes conducir una moto? —preguntó con voz ronca. Evelyn contempló la imponente motocicleta de alta cilindrada. Lo pensó por un momento, recordando que había aprendido a conducir una moto automática durante su adolescencia, y asintió con seguridad. —Sé cómo hacerlo. Sube. Damian asintió con debilidad; todavía sentía un ligero mareo. Caminó con pasos tambaleantes y se sentó en el asiento trasero, dispuesto a ser el pasajero. Recordando el estilo de pelea tan brutal de Evelyn y la calma que había mostrado hace un momento, Damian estaba completamente seguro de que esta mujer robusta dominaba a la perfección a un monstruo de las carreteras como su motocicleta. Sin embargo, las expectativas de Damian se desmoronaron en cuestión de segundos. Evelyn caminó hacia el manubrio, introdujo la llave y se aseguró de que la dirección estuviera destrabada. Pero en lugar de encender el motor, Evelyn aferró con fuerza el manubrio y comenzó a... empujar la enorme motocicleta de cientos de kilogramos usando la pura fuerza de sus grandes músculos. El apuesto rostro de Damian se puso pálido al instante. Un pánico absoluto lo invadió al presenciar la insólita acción de la joven. —¡Oye! ¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —le gritó Damian. Quería llamarla por su nombre, pero para su desgracia, no sabía cuál era. Lo único que recordaba era que toda la universidad la apodaba «babi busuk». Evelyn se giró con inocencia mientras continuaba empujando la motocicleta fuera del callejón. —Pues llevar tu moto, por supuesto. ¿Acaso no dijiste que querías ir a casa? A la cabeza de Damian, que ya le palpitaba por el golpe del b**e de metal, ahora le dolía el doble ante la absurda lógica de Evelyn. —¡Antes de que lleguemos a mi apartamento, te vas a desmayar del cansancio por empujar este trozo de hierro! ¡Ya basta, detente! —maldijo Damian, frustrado. Mostrándose muy obediente, Evelyn se detuvo de inmediato. Soltó el manubrio y se limpió el sudor que comenzaba a brotar de su frente tras haber empujado un vehículo tan pesado. —Siéntate detrás de mí —ordenó Damian en un tono que no admitía réplicas. El joven se deslizó hacia el frente, tomando el control del manubrio.






