La campanilla sobre la puerta de la cafetería tintineó suavemente cuando Christian entró.
Con pasos pesados y los hombros caídos, se dirigió hacia una mesa redonda en un rincón del local, donde sus amigos de la pandilla ya estaban reunidos, fumando y riendo.
Sin embargo, las risas cesaron en cuanto vieron el aspecto de Christian. Su rostro estaba terriblemente pálido, demacrado, con profundas ojeras marcadas bajo los ojos.
—¡Eh, Christian! ¿Por qué tienes esa cara de muerto? —bromeó uno de sus