—Voy a llamar al encargado de la piscina para que cambie el agua —musitó Joseph, aún rendido sobre sus brazos y sin esperárselo, la chica se echó a reír alegre.
—Deberías hacerlo —contestó ella y lo miró con picardía.
“¡Ay, esa carita de niña buena… buena para la...!”. —Molestó la conciencia de Joseph y, aunque hubiera querido reírse, estaba perdido en la mirada verdosa de Lexy, esa que lo empezaba a embrujar poco a poco.
—Ven, linda, no quiero que te enfermes por mi falta de criterio —dijo y l