La grava crujía bajo las ruedas del coche de Tasha al entrar en el camino de acceso. Kimberly había recorrido ese camino más veces de las que podía recordar. Primero como una niña tranquila en el asiento trasero, luego al volante, siempre regresando a una casa que nunca dejaba de guardar secretos.
La casita blanca con revestimiento de madera, persianas azules y alegres jardineras parecía inofensiva, pero ella sabía que no era así. Detrás de esas cortinas de encaje, los susurros habían vivido más tiempo que la verdad.
Pero hoy todo parecía diferente. Su propósito era diferente. Hoy estaba allí para buscar respuestas, respuestas que su madre y su abuela habían pasado años ocultando.
—¿Es eso lo que creo que es? —Tasha señaló con la cabeza un todoterreno negro aparcado dos casas más abajo.
Kimberly apretó la mandíbula. —La gente de Xavier.
—Por supuesto. No pierden el tiempo. —Tasha apagó el motor—. ¿Deberíamos...?
—Ignorémoslos y veamos cómo está mamá.
Salieron al calor sofocante de la