74. Nadie nos puede separar nunca más
Solo en ese momento Mijaíl se apartó ligeramente para mirarlo a los ojos.
Todo rastro de miedo en sus pupilas se desvaneció.
La calidez en su pecho era abrumadora, un sentimiento poderoso que le apretaba la garganta.
Este niño era suyo.
Su sangre.
Su legado.
Y alguien había osado tocarlo hasta el punto de asustarlo.
—¿De verdad el juego terminó y vamos a volver a casa, papá? ¿Tú me llevarás con mamá?
Zinoviy tragó saliva.
Esas preguntas esperanzadas lo golpearon más fuerte de lo que espera