Punto de vista de Sofía
Me quedé paralizada detrás de mi escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho mientras Adrián Vásquez entraba en mi oficina. Su habitual aire de arrogancia lo envolvía como una segunda piel, pero había algo diferente en sus ojos hoy—menos cautelosos, casi suplicantes.
—¿Qué te trae por aquí, Vásquez? —pregunté, manteniendo mi tono firme a pesar de la oleada de inquietud que su presencia siempre provocaba—. ¿Otra acusación o una nueva amenaza?
Su mandíbula se tensó y, por un momento, no respondió. Lo observé cuidadosamente, notando el destello de algo indescifrable en su mirada. Parecía estar lidiando con pensamientos que no estaba listo para compartir, pero sus ojos nunca abandonaron los míos.
Entonces, sin previo aviso, cerró la distancia entre nosotros en dos rápidas zancadas. Sus manos acunaron mi rostro, su tacto sorprendentemente suave.
—Sofía, lo siento muchísimo —dijo, con la voz cargada de emoción—. No debí confiar en Valentina.
Parpadee, atónita.